Solemnidad de Santa Juana Francisca de Chantal
UN CORAZÓN VIGOROSO QUE AMA
Y QUIERE CON FUERZA»
Ofrecemos en esta solemnidad de la fundadora de la Visitación de Santa María un extracto del Epílogo de la biografía de la Santa del P. André Ravier, S.I., publicada por la BAC:
Después de haber recordado que la Madre de Chantal a su muerte tendría unos 70 años, la Madre de Chaugy -su primera biógrafa- agrega: «de los cuales, había pasado nueve viviendo santamente en estado de viudez y treinta y uno en estado monástico».
Si completamos este pequeño cuadro, diciendo: «setenta años, de los cuales había pasado veinte en una infancia y adolescencia francamente cristiana, nueve años practicando en grado elevado las virtudes propias del matrimonio y la maternidad», creemos no será disminuir nuestra admiración por esta exquisita biógrafa a la que tanto debe nuestro libro.
Así pues, Juana Frémyot de Chantal vivió «en el mundo» treinta y ocho años, y en la vida religiosa treinta y uno ¡No convendría olvidarlo!
Se afirma, basándose en sólidos documentos, que la Madre de Chantal y las primeras Madres de la Visitación sirvieron de modelos a san Francisco de Sales mientras escribía las páginas más místicas de su Tratado del Amor de Dios.
¿No sería legítimo suponer que también la baronesa de Chantal y las otras hijas espirituales de Francisco, entre los años 1602 al 1607, estarían presentes en su pensamiento cuando redactaba para Madame de Charmoisy la Introducción a la vida devota?
[...] Y cuando declara que la «devoción consiste en cierto grado de excelente caridad... que nos incita a hacer con prontitud y afecto el mayor número de buenas obras que podemos, aun aquellas que no están mandadas sino tan sólo aconsejadas, o inspiradas». ¿Podía olvidarse de lo que practicaba Juana de Chantal en Monthelon en años de heroica generosidad?
Sea como fuere es indudable que en la niña de Dijon, en la adolescente de Poitou, en la «señora perfecta» de Bourbilly, en la viuda humillada de Monthelon, Dios preparaba a la que destinaba a ser la «piedra fundamental» de la Visitación y que, recíprocamente, la fundadora se benefició de las experiencias y virtudes de la «mujer de mundo».
El día 6 de junio de 1610 fue un paso más, y no un corte, en la vocación de Juana de Chantal. En su nacimiento había recibido ese «espíritu claro y neto», ese "corazón vigoroso que ama y quiere con fuerza", esa sensibilidad apasionada, equilibrada por un sutil razonamiento, en síntesis, esa idiosincrasia que se admiró siempre en ella y que hizo de ella, antes de 1610, una mujer de gobierno, de cabeza y de un encanto irresistible.
Y en el bautismo, la gracia se apoderó de esta naturaleza, sin destruirla, sino elevándola hacia el absoluto de Dios.
Se dice con razón «la santa Madre de Chantal», pero también se podría decir «la santa baronesa de Chantal», incluso con un punto de osadía «santa Juana Frémyot». En todas las etapas de su vida se descubre en ella una rara alianza entre la mujer de elevada conciencia humana y la de mujer cristiana con una fe total.
Una muestra de ello nos la proporciona a este propósito sus biógrafos más perspicaces, a los que les gusta insistir sobre lo que llaman «su doble maternidad». La Madre de Chantal ha podido amar al mismo tiempo con amor maternal a sus hijos según la carne y a sus hijas según el espíritu. Esta santa vigorosa es muy humana, muy cercana a nosotros, de ahí su encanto que nos fascina
¿Cómo fue posible que se diera esta alianza? No es fácil analizarlo porque sobrepasa la psicología a la que estamos acostumbrados. San Francisco de Sales que reconocía en él mismo un misterio semejante -«No hay en el mundo alma que quiera más que yo»- y sin embargo «lo que no es Dios no es nada para mí»- renunció a encontrar una explicación a esta maravillosa «unión» y concluyó diciendo «Dios ha querido hacer así mi corazón».
Finalmente, si queremos conocer cómo fue Juana de Chantal y comprender un poco su destino, debemos fijarnos en su corazón a través de los sucesos de su existencia.
¿Cómo la veía Francisco de Sales?
En una carta del 2 de noviembre de 1607, es decir, antes de que Juana entrara en la vida religiosa, la «había visto» así, y a partir de ahí la dirigió. Por eso le escribió:
«Os veo, me parece, mi querida Hija, con vuestro vigoroso corazón que ama y quiere con fuerza. Y me gusta, pues los corazones medio muertos ¿para qué sirven? Pero es preciso que hagamos un ejercicio particular de querer y amar la voluntad de Dios más vigorosamente, más aún, más tiernamente, más amorosamente que a ninguna otra cosa en el mundo; y no sólo en las cosas que se pueden soportar sino también ante las insoportables».
Releyendo ahora la sorprendente revelación de conciencia que hizo la Madre de Chantal a la Madre de Châtel en 1637 de que mientras su «tormento» la conducía «al borde mismo de la desesperación» su corazón estaba «contento con tal de saber lo que Dios desea que haga y ser fiel a ello»: caemos en la cuenta de que la carta de Francisco de Sales de 1607 fue realmente profética.
«Este corazón vigoroso que ama y quiere con fuerza» es el corazón de Juana Frémyot de Chantal. Es su naturaleza, su gracia. Una gracia eminente, injertada, según la expresión de san Pablo, en una naturaleza excepcional.
Juana de Chantal pudo amar tiernamente a su padre, a su esposo, a sus hijos, a sus amigos, a su «Padre único», a las hijas de la Visitación, a los pobres, a los apestados y hasta a sus enemigos, y al mismo tiempo amar sólo a Dios.
¿Cómo se puede «amasar» todo esto?
«Dios quiso hacer mi corazón así» nos respondería ella con san Francisco de Sales.